Santa Teresa de Jesús

Thérèse d'Avila

Hay dos cosas fascinantes en Teresa de Jesús: su personalidad y su experiencia de Dios.

Lo que sabemos de ella, en gran parte, lo hemos aprendido de su testimonio, en concreto en el “Libro de su Vida” y en “El Castillo Interior”. Otras informaciones nos han llegado por sus contemporáneos que, bajo el impacto de su carisma humano y espiritual e impresionados por su grandeza de alma, han escrito sobre todo ello.

Su vida se desarrolla en el marco del Siglo de Oro español (Ávila, 1515-Alba de Tormes, 1582). Hija de su siglo, de su país, de la Iglesia de su tiempo. Esta extraordinaria mujer sobrepasó ese ambiente y ese entorno con la libertad de aquellos que son conducidos por el Espíritu de Dios.

Teresa de Jesús: Cristo se convierte en su único amor. Ahí está el secreto de la oración teresiana y de su compromiso original al servicio de la Iglesia.

A pesar de los más de cuatro siglos de distancia, Teresa permanece muy cercana a nosotros por su personalidad, desbordante, arrolladora, espontánea, enemiga de las restricciones demasiado limitadas que puedan entorpecer la acción de Dios y restringir el desarrollo del amor hacia los demás.

Muchos hombres y mujeres han encontrado en sus escritos una fuente de luz y de vida.

“¡Oh, Señor mío, quién diese voces para decir cuán fiel sois a vuestros amigos!” (Vida, 25, 17)

EXPERIENCIA DE DIOS

Teresa es consciente de que Dios le ha dado uno de los carismas para la Iglesia. “No diré nada que no haya sabido por experiencia” escribe ella a menudo.

La experiencia es una manera de conocer a Dios y las realidades espirituales, más allá del simple conocimiento conceptual:

“…va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Santo Espíritu; es decir, crece la comprensión de las palabras transmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón…” (DV 8)

En verdad, la experiencia del Dios vivo estalla en toda la obra de Santa Teresa. En su vida, ¡Dios es importante! Su testimonio aumenta nuestro deseo de conocerle, de encontrarle, de “verle”.

En compañía de Teresa, sentimos que la amistad con Dios es de una sencillez y profundidad maravillosas y siguiendo sus huellas, podemos realizar la misma experiencia, aunque no haya gracias extraordinarias.

GRANDEZA DE ALMA

Remparts d'Avila

Todo en santa Teresa es grande y apunta a la grandeza. Al principio, grandes deseos… Hay en ella una predisposición de fondo que la conduce siempre más lejos en su impulso para “ver a Dios”.

Es un deseo de lo absoluto que alcanza la completa entrega de ella misma entre las manos del Señor. En esto coincide con el deseo de absoluto y de plenitud de muchos jóvenes de hoy en día.

Pero, al mismo tiempo, esta magnanimidad sigue siendo la de una persona muy humilde que es consciente de sus limitaciones y de sus debilidades. En esto, nos muestra el antídoto del orgullo, de la soberbia, que pueden hacer abortar el camino hacia Dios.

Apoyándose sólo en Él, Teresa afronta el mundo sin “medias-tintas”, sin fisuras. ¡Su fe inquebrantable hizo caer un montón de obstáculos! Entregada por entero a la causa de Dios, a la causa de la Iglesia, consigue llegar hasta el final de sus realizaciones: su obra exalta el poder de Dios frente a un mundo que empezaba ya a exaltar solamente al hombre.

LA MUJER

La mujer de hoy tiene mucho que aprender de Teresa, esta mujer incomparable que domina el Siglo de Oro español. Supo hacerse escuchar por los Grandes y los Reyes de su tiempo. Lanzó una Reforma muy audaz y la defendió contra los poderosos enemigos en un contexto abiertamente masculino y clerical.

Todo el mundo reconoce su vigor intelectual y su tenacidad para buscar la verdad. Pero, sobre todo, todos se dejan conquistar por lo que hay en ella más específicamente femenino: un poder de amar que, reforzado por la gracia, hace maravillas. Santa Teresa es madre, madre por su “poder de educación divina”. Nos ilumina con y desde el amor, un amor real y es en este amor donde reside su genialidad.

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El 21 de noviembre de 1973, la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y para las Sociedades de Vida Apostólica, reconoce a NUESTRA SEÑORA de la VIDA como un único Instituto constituido por sacerdotes y por hombres y mujeres consagrados.

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